Mundo árabe/Islam
Precisiones sobre el mundo árabe-musulmán
A propósito de las revueltas acontecidas en los últimos dos meses, una zona del mundo muchas veces olvidada ha adquirido un gran valor noticioso. Con ello, han surgido, en paralelo, diversas teorías y variados y supuestos estudiosos del tema. Lo preocupante es que los medios de comunicación no han sabido filtrar las fuentes de prestigio […]

A propósito de las revueltas acontecidas en los últimos dos meses, una zona del mundo muchas veces olvidada ha adquirido un gran valor noticioso. Con ello, han surgido, en paralelo, diversas teorías y variados y supuestos estudiosos del tema. Lo preocupante es que los medios de comunicación no han sabido filtrar las fuentes de prestigio y, en consecuencia, una parte de las informaciones entregadas han sido erradas, en el mejor caso, o falsas, en los peores ejemplos.

Decir que Marruecos era el país más vulnerable del mundo árabe-musulmán, asegurar que Muammar Al Gaddafi es el dictador con más años en el poder, anunciar que el mismo Gaddafi huiría a Venezuela o sugerir que Estados Unidos está detrás de todo esto no son más que panfletos políticos, cegueras subjetivas, falta de preparación, escasos estudios e irresponsabilidad al momento de informar.

Lamentablemente, lo mencionado en el párrafo anterior ha ocurrido en diversos medios de comunicación, sean estos televisivos, radiales, escritos o digitales. Pero lo peor es que la gente tiende a creer la realidad que van construyendo los periodistas y “expertos”, quienes, salvo excepciones, no son investigadores, ni estudiosos de los procesos políticos, sociales y económicos del Magreb, Medio Oriente y la Península Arábiga, entre otras zonas de gran influencia árabe y musulmana.

Así, ver cientistas políticos que ni siquiera trabajan en el área de Relaciones Internacionales, soportar los análisis de periodistas sin mayores conocimientos o escuchar a sociólogos de gran trayectoria en asuntos humanitarios de Latinoamérica u otras zonas del mundo, pero no de las regiones árabes y musulmanas, es realmente un espectáculo lamentable. Leer un par de artículos, revisar los principales medios internacionales y agregarle una cuota de imaginación es el reflejo de la mediocridad y la falta de comprensión de hechos tan relevantes.

Esta situación contrasta con la de aquellos medios serios –la minoría-, los cuales no sólo cuentan con experimentados corresponsales y/o enviados especiales, sino que también citan como fuentes a personas que durante años han estudiado la realidad de países tan diversos –contrario a lo que muchos piensan- como Egipto, Túnez, Libia, Yemen, Jordania o Djibouti, por dar algunos nombres. Además, cuentan con filtros informativos, lo cual disminuye a un mínimo rango la posibilidad de entregar información errónea o falsa.

Lo mencionado anteriormente, es algo que debería ser parte del “ABC” de todo medio de comunicación, pero, desafortunadamente, la realidad no es así. Los canales de televisión, las radios, los diarios y los sitios web prefieren usar como fuente a los cientistas políticos amigos, a los profesionales que fácilmente pueden contactar, a un intelectual de moda o a un periodista que sabe más de hockey, cocina o turismo que de asuntos internacionales. Por eso, es necesario realizar algunas precisiones sobre los hechos acontecidos en el mundo árabe-musulmán.

El mundo árabe-musulmán es muy diverso y los países, así como su composición étnica, social, política y religiosa, tienen realidades muy diferentes. El Magreb, el Medio Oriente y la Península Arábiga son regiones con una mayoría de población árabe y musulmana, pero no son los únicos lugares con habitantes de este tipo y, también, eso no significa que no existan importantes comunidades con gente que no profesa el Islam y que físicamente no son árabes. Por ejemplo, en Marruecos, la población bereber oscila entre el 50% y 60%, en tanto que en Argelia el número sería cercano al 40%. Los bereberes también están presentes en Túnez, Mauritania, Libia e incluso Egipto, aunque ya en cantidades menores. A nivel de religión, El Islam es preponderante, pero existen sociedades con un fuerte influjo cristiano como El Líbano (cerca del 35% ó 40%), Siria (10%), Egipto (7% a 10%), Palestina (5%) o Jordania (2.5%). En total, son unos 10.000.000 millones de cristianos árabes. Los judíos también han tenido un rol relevante, especialmente en un país como Marruecos, en el cual se supone que hoy son unos 240.000, pero que en el pasado fueron muchos más. Es cosa de ver los “mellah” (barrios judíos) que existen o existieron en ciudades como Salé, Rabat o Meknès. A nivel político, si bien el socialismo y el marxismo tuvieron una buena acogida en varios países árabes o, al menos, en una parte importante de su población y sus partidos políticos, las tendencias actuales son muy variadas. Desde países “amigos de Occidente”, como Marruecos, Túnez y Egipto, hasta los eternos “rivales de Occidente”, como Siria. Y en medio de ellos, los que han ido cambiando su postura respecto a las potencias occidentales (Libia) y los que basan sus nexos con Occidente únicamente por asuntos energéticos y/o económicos, como Qatar. A eso hay que agregar los estados o, más bien, los gobiernos que han dado apoyo a la guerra contra el terrorismo (Bahrein y Yemen). En fin, la lista de clasificaciones podría seguir y seguir. Por último, no olvidar que existen países como Djibouti, Sudán e Islas Comoras, entre otros, que son parte del universo árabe-musulmán, pero que no están en medio de regiones como el Magreb, Medio Oriente y la Península Arábiga, sino que se ubican en la periferia de las mismas o, simplemente, bastante más lejos.

Irán es parte del mundo musulmán, pero no es un país árabe. Su cultura e identidad está determinada por la civilización persa. Muchas personas consideran que los iraníes son lo mismo que los iraquíes o, aún más allá, que son equivalentes a los árabes de Medio Oriente, por dar un ejemplo. Este juicio es erróneo, pero cuando los medios de comunicación o los “especialistas” no son precisos, queda pie para las equivocaciones, lo cual afecta, principalmente, a la gente que acude a los medios en busca de respuestas a sus interrogantes.

Ser musulmán no significa ser árabe y, a la inversa, ser árabe no significa ser musulmán. Contrario a la creencia popular, la mayoría de los seguidores del Islam no son árabes. De hecho, Indonesia es el país con mayor población musulmana, mientras que Nigeria e India también aportan, cada uno, con más de 100 millones. Y, como se puede apreciar, salvo excepciones, los indonesios, nigerianos e indios no son de origen árabe. Otro país con gran cantidad de población musulmana es Turquía, con unos 80 millones de musulmanes y, nuevamente, se trata, principalmente, de personas de origen altaico y no árabe.

No todos los países árabes están gobernados por dictadores. En la casa o en una reunión entre amigos se puede decir cualquier cosa y bautizar con diferentes nombres a personas, lugares, etcétera. Sin embargo, cuando se trata de entregar información, se debe ser cauteloso. En este sentido, las diferencias pueden ser mínimas, pero no por eso dejan de tener importancia. A continuación, algunos casos emblemáticos. Muammar Al Gaddafi es un dictador de tomo y lomo. Hace 42 años se tomó el poder y derrocó al rey Idriss I, para, desde entonces, gobernar sin contrapeso (lo cual incluye la ausencia de Constitución Política) en todo el territorio libio. Respecto a presidentes como Hosni Mubarak (Egipto) o Abdelaziz Bouteflika (Argelia), ciertamente están en el poder gracias a procesos electorales, pero a pesar de eso son considerados dictadores, ya que realizan fraudes en los comicios y, finalmente, ganan con mayorías casi asbolutas (cifras cercanas al 90%). El caso de las monarquías también debe ser examinado con precaución, pues mueven a engaño. Uno de los ejemplos más citados es el del rey Mohammed VI (Marruecos), que para algunos es otro dictador. Es cierto que él es el amo y señor de las decisiones políticas y que también está involucrado en grandes negocios. Además, cuenta con un grupo de apoyo corrupto y que para muchos es lo peor de la sociedad política marroquí. Se trata del “Makhzen”, que podría ser traducida como la “élite política”, la cual, obviamente, trabaja para el rey. Sin embargo, y a pesar de todas estas cosas, Mohammed VI es muy querido, especialmente en las masas populares, pues ha llevado a cabo diversas reformas políticas y sociales que, aunque para algunos puedan ser insuficientes, han sido de gran avance en Marruecos. Ahí aparecen la Mudawana, la modernización del país, una apertura hacia Occidente, pero sin dejar atrás el orgullo marroquí y la tradición musulmana, el auge del sector económico y la creación de una Comisión de Reconciliación, para así trabajar en los casos de violación a los DD.HH. cometidos durante el reinado de su padre, Hassan II. Es por ello que, a pesar que aún son necesarios progresos en la redistribución de la renta, en la libertad de prensa y en ciertos temas de DD.HH. (presos políticos y libertad de expresión), la gente percibe que bajo Mohammed VI el país ha avanzado en muchos aspectos y que, lo principal, la población tiene muchas más libertades que en la mayoría de los demás países árabes. Por último, cabe destacar a El Líbano, un país con un sistema democrático (aunque muy particular) y a Mauritania, que en los últimos años ha luchado por establecer una institucionalidad democrática legal. Resumiendo, cada estado árabe tiene su propio sistema y aunque abundan los gobiernos autoritarios, no todos son dictaduras.

La Unión Europea y Estados Unidos no tienen una base ética para hablar de violaciones a los DD.HH. en el mundo árabe-musulmán, pues durante décadas han avalado dictaduras o gobiernos absolutistas en pos de sus beneficios. Los ejemplos abundan, pero lo acontecido con Francia en la revuelta de Túnez, la venta de armas del Reino Unido a Libia, la potente ayuda económica de Estados Unidos y la Unión Europea a regímenes como los de Egipto y Túnez, y los diversos proyectos energéticos mediterráneos son algunos casos que sirven para demostrar la frágil memoria que tienen los gobiernos europeos y estadounidenses respecto a los DD.HH. Tanto así, que la Unión Europea tiene firmados acuerdos de asociación con Argelia, Marruecos, Túnez, Egipto, El Líbano y Jordania. También, se firmó un nexo con Yemen y con el Consejo de Cooperación del Golfo.

La cesantía y la carestía son factores que contribuyeron al alzamiento de la población, pero el principal motivo ha sido el deseo de un cambio absoluto en la estructura político-social de los países. Es por eso que la ya típica fórmula usada por ciertos medios y/o “especialistas” (si este país también tiene cesantía, alza de precios y población joven, entonces, enfrentará una rebelión) queda en descrédito, pues lo más apropiado es no establecer métodos iguales para cada realidad, sino que darse cuenta que más allá del barniz hay un motivo de peso. Este último se relaciona con la libertad y con el agotamiento de una política autoritaria. Y a no dejar de lado la variable religiosa, en el sentido que ciertos gobiernos pro-Occidente han impuesto un laicismo que no ha agradado en la población musulmana.

Los partidos políticos islamistas no son peligrosos, ni tampoco son el “cuco”. A pesar que muchos afirman esto, no es más que el típico temor de ciertos grupos hacia lo que podría ser una consecuencia natural y casi obvia de sociedades mayoritariamente musulmanas, es decir, que sean gobernados por islamistas. El caso de Turquía es un ejemplo de aquello y, de hecho, el modelo turco y la imagen de su primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, gozan de gran popularidad en el mundo árabe.

A partir del punto anterior surge otra cita importante. Un partido político islamista no es sinónimo de fundamentalismo, Al Qaeda, Hizbullah u odio hacia Europa y Estados Unidos. Ciertamente no se puede esperar otra cosa de Occidente, pues, durante años, los medios de comunicación occidentales han ido construyendo una realidad respecto al Islam, los musulmanes y los árabes. El clásico estereotipo “hombre peludo o mujer con velo = árabe = musulmán = terrorista = miedo” es tan absurdo como decir que los occidentales son personas entregadas al vicio, sin espiritualidad y que van a conquistar a todo el mundo. Una organización islamista no es más que un símil de lo que podría ser un partido político religioso cristiano, judío o de otra índole. Eso significa que los valores religiosos tienen importancia, pero no necesariamente serán los preponderantes. Lo que sí es complicado es un islamismo extremo (ahí si cabría hablar de fundamentalismo y, por ende, de riesgo), pero eso no es menos preocupante que los grupos ultra que llegan a los Parlamentos de diversos países europeos (como nacionalistas extremos, neo-nazis o conservadores religiosos) o, por ejemplo, al excesivo rol que tiene la Iglesia Católica en ciertos países latinoamericanos en los cuales se impide el aborto terapéutico, la píldora del día después o el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Por último, la creencia que todos estos sucesos tienen como base a la Guerra Fría parece ser retrógrada y carece de una mirada actualizada de lo que es la política internacional de hoy. Las rebeliones tienen directa relación y son una consecuencia de la forma en que los gobernantes han dominado a sus pueblos. Eso puede tener una raíz histórica en los procesos de independencia de los países en cuestión –algo que ocurrió antes y durante la Guerra Fría-, pero aquello es un tanto rebuscado, pues, desde ese prisma, todo lo que ocurre hoy podría ser causa de la Guerra Fría, del término de ésta, del imperialismo, de la industrialización, de la colonización, etc. Lo concreto es que, más allá de si hay un nexo con hechos históricos del pasado, las revueltas del mundo árabe-musulmán corresponden a las necesidades y a los ritmos actuales. El paradigma de hoy hace cada vez más difícil la existencia de regímenes dictatoriales o autoritarios.

Raimundo Gregoire Delaunoy

raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: EFE